|
La palabra de Dios de este domingo ha comenzado presentándonos las tristes reflexiones de Job, detrás de las cuales encontramos la acuciante pregunta por el sentido del dolor. ¿Quién de nosotros, ante el fracaso, la injusticia, la enfermedad, una desgracia o el deterioro de la vejez, no ha experimentado los mismos sentimientos de Job y ha sentido su vida como una fatiga inútil o una carga baldía?, ¿quién no ha visto flaquear su esperanza? Y, aunque no lo hayamos sufrido personalmente, ¿quién no se siente conmovido e incluso perturbado en su fe ante el cúmulo de desgracias, injusticias, males, penas y dolores que hay en nuestro mundo, ante los que no podemos cerrar los ojos? Sí, Job nos presta voz a todos para presentar nuestra queja a Dios por tantos males que parecen inútiles y hacen infeliz nuestra vida y nuestro mundo. Una queja dolorida, pero también esperanzada, pues concluye diciendo al Señor: "Recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán más la dicha". Pues bien, Dios ha escuchado la queja de la humanidad, que Job presentaba, y le ha dado respuesta en su hijo Jesucristo: él es la Palabra que Dios nos da como respuesta al dolor, que es fruto del pecado. No una respuesta teórica, no unas nociones para explicarlo todo, ni una serie de ritos para evitar el sufrimiento, sino Dios hecho hombre, que viene para asumir nuestra historia de pecado, para compartir nuestra existencia miserable, para redimirla. Dios que se solidariza con nosotros y nos tiende una mano para levantarnos de la postración en que nos ha sumido el pecado, Dios que nos comunica una fe y una esperanza capaz de pasar por encima de todos los dolores, para que éstos no nos paralicen, y, a pesar de ellos, podamos entregarnos al servicio de los hermanos, como hizo con la suegra de Pedro, de la que se nos habla en el evangelio de hoy. Las curaciones de los cuerpos que Jesús lleva a cabo están orientadas a la curación del corazón, de la persona; no son simples muestras de compasión, sino que tienden a suscitar la fe como respuesta. Simone Weil escribió: "La grandeza del cristianismo consiste en que no crea un remedio sobrenatural contra el sufrimiento, sino que da un uso sobrenatural al sufrimiento". Desde la fe es cierto, hay que dar un uso sobrenatural al sufrimiento. El cristiano no ama el dolor, no lo busca, no conoce su sentido, pero le da un rostro al dolor: el de Cristo crucificado. Si lloras, llora con Cristo, porque él también lloró. Si te lamentas, laméntate con Cristo, porque él también se lamentó. Si pides el fin de tus angustias, hazlo con Jesús, pero como él lo hizo en el Huerto de los Olivos, diciendo: "Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". Que tu dolor te una a Cristo. Unido a él no correrás el riesgo de perder esa parte tan preciosa de la vida que es el dolor. Confía en él, como él confió en el Padre; deja que te tome de la mano, como tomó a la suegra de Pedro. Su mano hará que tu dolor deje de ser el problema inexplicable, el peso que te oprime y te amarga la vida, y hará que se convierta en un medio para hacer compasivo tu corazón, para que no se cierre egoístamente en sí mismo, sino que se abra a Dios y a los hermanos. Hoy celebramos la jornada nacional de Manos Unidas y, a la luz de lo dicho, no está de más que nos preguntemos si no hace falta que tengamos la misma actitud compasiva de Jesús y nos abramos un poco a todas las personas que hoy viven con tantas carencias de lo más necesario y esperan un signo de caridad fraterna de parte nuestra. El evangelio nos ha hablado de enfermos y endemoniados que acudían a Jesús en busca de remedio. Continúan estando en nuestro mundo. Fruto del demonio es en el fondo la pobreza, la marginación, el subdesarrollo, la miseria, la falta de cultura en que viven tantos hermanos. ¿Qué hacemos los cristianos? No podemos ignorarlos. Tenemos que proporcionarles el remedio espiritual, pero también el material. Tenemos que contribuir a su desarrollo, a su progreso material, que sirva de base a un progreso moral y espiritual. Ahora que estamos tan preocupados por las amenazas de guerra, no debemos olvidar que el desarrollo es la base de la paz. "¿Puede existir paz --se preguntaba Juan Pablo II-- cuando hay hombres, mujeres y niños que no pueden vivir según las exigencias de la plena dignidad humana? ¿Puede existir una paz duradera en un mundo donde imperan relaciones --sociales, económicas y políticas-- que favorecen a un grupo o país a costa de otro? ¿Puede establecerse una paz genuina sin el reconocimiento efectivo de la sublime verdad de que todos somos iguales en dignidad porque hemos sido creados a imagen de Dios, que es nuestro Padre?". Manos Unidas trabaja por este desarrollo integral, colaboremos generosamente con ella. Nos sobra tanto, mientras otros carecen de lo más necesario para vivir. Que en esta Eucaristía se haga presente Jesús en nosotros, y obre el milagro de levantarnos de la postración del egoísmo y conducirnos al servicio caritativo de los hermanos necesitados, que es también un modo, y eminente, de evangelizar.
PAGINA PRINCIPAL <> FIDES <> IGLESIA DEL PATRIARCA CARMELITAS DESCALZAS <> CANTO GREGORIANO <> CANTOS EN ESPAÑOL SALVE MATER <> FORO Y MENSAJES <> POSTSCRIPTUM
CONFESIONES DE SAN AGUSTIN
|
|